México se encuentra en una encrucijada económica donde la narrativa del optimismo deportivo choca de frente con la frialdad de los indicadores macroeconómicos. Mientras el país se prepara para ser, por tercera vez en su historia, el epicentro del fútbol mundial en 2026, una pregunta incómoda flota en las mesas de café, en los despachos de los analistas financieros, y en los pasillos de la administración pública: ¿Será el Mundial un motor real de crecimiento o simplemente un analgésico de lujo para una economía que se encamina hacia un crecimiento inercial del 1.3%?

La paradoja es fascinante y, a la vez, preocupante. Por un lado, las proyecciones más conservadoras estiman una derrama económica cercana a los 3,000 millones de dólares. Por el otro, el Fondo Monetario Internacional y diversos organismos privados han ajustado a la baja las expectativas del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano, situándolo en un rango que apenas supera el estancamiento. Esta desconexión entre el entusiasmo del consumo masivo y la realidad de la inversión fija bruta sugiere que podríamos estar ante un “espejismo de prosperidad”.

Para entender la magnitud del desafío, debemos desglosar de dónde viene ese optimismo. La derrama económica proyectada se sustenta en el consumo: turismo, servicios, alimentos, bebidas y el sector retail. Es innegable que el flujo de visitantes internacionales y el gasto interno durante las semanas del torneo generarán un pico en la actividad comercial. Sin embargo, en economía, el consumo es un impulso de corto aliento. Es fuego de paja que arde intensamente pero deja pocas brasas para el invierno siguiente si no viene acompañado de una estructura sólida.

El verdadero problema estructural de México no se resuelve con partidos de futbol, ni con estadios llenos. La falta de inversión fija bruta en sectores clave —infraestructura logística, energía renovable y manufactura de alta tecnología— es el lastre que mantiene el crecimiento anclado en ese 1.3%. Mientras la atención pública se distrae con la remodelación de estadios como el Azteca, ahora llamado Banorte, o la modernización de zonas aledañas en Monterrey y Guadalajara, la inversión privada productiva muestra signos de cautela ante la incertidumbre jurídica y la falta de políticas industriales claras que trasciendan los eventos deportivos.

El Mundial frente al estancamiento: ¿Puede el fútbol salvar un PIB del 1.3%?

Existe el riesgo tangible de que el Mundial actúe como una cortina de humo. Históricamente, los grandes eventos deportivos han dejado tras de sí “elefantes blancos” o deudas públicas que los ciudadanos terminan pagando décadas después. En el caso de México, aunque la infraestructura de estadios ya es en gran parte existente, el costo de oportunidad es lo que debería quitarnos el sueño. Cada peso invertido en la logística de un torneo que dura un mes es un peso que no se destinó a cerrar las brechas de competitividad que el nearshoring nos exige hoy, no mañana.

El concepto de crecimiento inercial es, quizás, la etiqueta más cruel para una economía con el potencial de la nuestra. Significa que el país crece simplemente porque el mundo se mueve, pero no porque estemos haciendo algo extraordinario para acelerar el paso. Si el Mundial de 2026 se limita a ser una fiesta de consumo, el efecto en el PIB será marginal y efímero. Para que el torneo sea realmente un salvavidas, tendría que ser utilizado como un catalizador de inversión extranjera directa de largo plazo, una vitrina no solo para el folklore, sino para la capacidad técnica y operativa de un país que aspira a ser potencia global.

Además, debemos hablar de la calidad del empleo que este tipo de eventos genera. La derrama de los 3,000 millones de dólares suele concentrarse en empleos temporales y en el sector servicios, donde la productividad no siempre se traduce en mejores salarios a largo plazo. Si el plan nacional de desarrollo fía su suerte al “empujón” de un torneo deportivo, estamos aceptando tácitamente que no tenemos herramientas internas para romper el techo de cristal del 2%.

El fútbol, en su esencia, es un juego de estrategia y resistencia. La economía mexicana también lo es. Confiar en que un evento deportivo rescatará las finanzas nacionales es como esperar que un delantero estrella gane un campeonato sin tener defensa ni mediocampo. El mediocampo de México es su infraestructura; su defensa es la certeza jurídica para la inversión. Sin ellos, el Mundial será recordado como una gran fiesta en un barrio que, al día siguiente, seguía teniendo los mismos baches y las mismas carencias.

El Mundial 2026 no salvará el PIB de México por sí solo. Puede, eso sí, proporcionar un alivio temporal a las métricas de consumo y mejorar la percepción de marca país. Pero si el 1.3% de crecimiento se convierte en nuestra nueva normalidad, ni todos los goles del torneo podrán ocultar que estamos desperdiciando una oportunidad histórica de transformación estructural. La pregunta no es si el fútbol puede salvar la economía, sino por qué estamos permitiendo que la economía necesite ser salvada por un juego de fútbol.

La verdadera victoria no se cantará en las gradas, sino en la capacidad de convertir este impulso en una plataforma de inversión que sobreviva al último silbatazo. De lo contrario, los 3,000 millones de dólares serán solo una cifra en un reporte anual, mientras el país sigue atrapado en la inercia de un crecimiento que apenas alcanza para no retroceder. Es hora de dejar de ver el balón y empezar a ver el tablero completo.

(*) El autor es experto en ESG e innovación con doctorado en Economía y Gestión de la Innovación. Su carrera destaca por roles directivos en Grupo Televisa y el Tec de Monterrey, sumados a su labor como consultor, investigador en el King’s College London y académico en EGADE Business School y Universidad Anáhuac. Contacto aquí.

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