La rabia jacobina
Vista desde el revisionismo histórico y la psicohistoria, la llamada rabia jacobina no fue simplemente un arranque de odio anticlerical. Fue, sobre todo, una reacción de alarma política. Fue el sobresalto de un poder que creyó ver, detrás de la cruz, una estrategia; detrás del templo, una organización; detrás de la devoción, una maquinaria dispuesta a disputar la dirección moral y pública de la nación.
Los jacobinos eran liberales radicales y anticlericales que soñaban con un Estado laico fuerte, decidido a frenar cualquier intromisión de la Iglesia en la educación, la política y la vida nacional. No querían compartir el timón simbólico del país. Para ellos, la Iglesia debía permanecer en el santuario y en la conciencia privada, no en las urnas ni en la formación del destino colectivo. Por eso, cuando el catolicismo dejó de ser solo liturgia y comenzó a hablar el lenguaje de la organización política, la alarma se volvió furia.
En 1911 ocurrió algo que para el imaginario liberal radical sonó como campana de incendio. El catolicismo ya no estaba solo en los hogares y en los altares. Entraba al escenario electoral con nombre y estructura: el Partido Católico Nacional. Aquello, para muchos, podía parecer una forma legítima de participación tras la caída del Porfiriato. Para los jacobinos, en cambio, fue una señal inquietante: la Iglesia no quería resignarse a ser religión privada; aspiraba a seguir siendo fuerza pública.
Aquí surge una hipótesis central: la jerarquía eclesiástica y sectores del clero se volvieron una amenaza, percibida y real, al crear, impulsar y respaldar al Partido Católico Nacional. No era solamente fe organizada. Era poder político organizado. Y el poder, cuando se cubre con el ropaje de la virtud, inspira más temor que cuando se presenta desnudo. Porque no solo pretende administrar curules y sus intereses, sino orientar conciencias y definir qué debe entenderse como bien común.
La historiografía ha mostrado que el Partido Católico Nacional nació como expresión de un catolicismo social y militante que supo aprovechar la coyuntura abierta por el derrumbe del antiguo régimen. También ha señalado que obtuvo resultados importantes, y que Jalisco fue uno de sus espacios más significativos. Esos avances no fueron leídos por los liberales radicales como un ejercicio inocente de pluralidad. Fueron entendidos como una advertencia. Lo que estaba en juego no era solo el reparto de cargos, sino la formación del alma pública de México.
Para los jacobinos, la Revolución no consistía únicamente en cambiar de gobierno. Consistía en refundar el país, arrancarlo de antiguas tutelas y convertir al Estado en nuevo árbitro moral de la nación. Por eso, cuando emergió un partido católico, no lo tradujeron como una opción más del nuevo juego democrático, sino como el regreso de un rival histórico. En su mente, la Iglesia no participaba: reaparecía.
Y esa palabra es decisiva. Porque el jacobino no debatía solamente con el presente. Debatía con la memoria. Seguían vivos en su imaginación política los ecos de la Reforma, las guerras civiles, los privilegios del pasado y la rivalidad entre el Estado liberal y el poder eclesiástico. El Partido Católico Nacional activó ese archivo emocional. Despertó el fantasma de que la Iglesia quería volver a mandar, ya no solo desde el púlpito, sino desde la organización electoral y desde asociaciones laicas animadas por un aliento clerical.
Aunque el Partido Católico Nacional insistiera en algunos documentos en su carácter civil y en ciertos deslindes formales respecto del clero, su origen organizador era demasiado visible para disipar sospechas. El Arzobispado, las diócesis y las redes católicas ofrecían a los ojos jacobinos una evidencia inquietante: en el papel podía parecer un partido de ciudadanos; en su músculo profundo, respiraba la Iglesia. Esa ambigüedad bastaba para endurecer la interpretación anticlerical.
El jacobino no solo rechazaba la sotana; temía el voto guiado por ella. Temía que la Revolución conquistara las leyes y, sin embargo, perdiera la conciencia del pueblo. Temía que el Estado naciente quedara cercado por una autoridad moral paralela, más antigua y arraigada. En el fondo, temía no poder educar a la nación bajo sus propios principios. Ahí estaba el núcleo del conflicto: no se disputaba solamente el poder político, sino el derecho de moldear la mente colectiva.
Por eso el camino hacia 1926 no puede entenderse como una explosión surgida de la nada. La radicalización anticlerical venía incubándose en ese miedo. El Partido Católico Nacional fue, para muchos jacobinos, la confirmación de una sospecha: la Iglesia no se retiraba, se reorganizaba. No desaparecía del escenario nacional; aprendía a moverse en él con nuevas formas. Y cuando un poder cree que su enemigo histórico ha encontrado otro rostro para regresar, se endurece, clausura y persigue.
Las persecuciones no nacen siempre del odio. A veces nacen del miedo. Y el miedo, cuando se mezcla con memoria herida, ideología y hambre de control, produce una agresividad que se justifica en nombre del futuro. Eso fue, en gran medida, la rabia jacobina: no un mero exabrupto, sino un programa de defensa del Estado frente a lo que se percibía como una ofensiva clerical. Mucho antes de la pólvora, ya estaban tensas las conciencias mexicanas.