Hay personas que no necesitan ser vistas para ser conocidas. El timbre de la voz, los silencios, los espacios entre ideas, hacen que aparezcan tan nítidas como si las tuvieras de frente.

Quizá por el dolor tan crónico por el que ha pasado Verónica López, sobreviviente de Miriam Yukie Gaona Padilla, conocida también como la Matabellas, es lo que hace su voz tan clara.

“En el 86 trabajaba de bailarina aquí en México, pero llegaron unas chicas de Guadalajara y dijeron que allá estaban poniendo una sustancia que nos ayudaba a modelar el cuerpo y que nos hacían un cuerpo muy bonito.

“Me fui a Guadalajara con varias compañeras, allí en Guadalajara hace muchos años salió la ‘Matabellas’, una señora que infiltraba esos aceites. Cuando llegué me dijo que tenía que hacer cita, porque había mucha gente esperando hasta hombres había ahí”, recuerda, en entrevista exclusiva para El Heraldo de México.

Gaona Padilla se hizo famosa por sus intervenciones a bajo costo. Sin embargo, además de no tener licencia para realizar procedimientos estéticos, solía inyectar compuestos que tienen reacciones muy negativas en el cuerpo humano.

“Hice mi cita y le pregunté qué me estaba poniendo y ella me dijo que era un aceite colágeno vitamínico de París y me enseñó a muchas chicas que estaban ahí, las vi y dije ‘ay, qué bonito’, bueno, pues sí, pónganme.

“Ella ponía por mamilas, depende de cuántas mamilas, era lo que ella te cobraba. Me inyecté y gracias a Dios que no me toqué la cara, porque ella me dijo que si quería yo me tocaba me tocaba la cara. Le dije que no, que iba yo a regresar”, añade.

Una carnicería en nombre de la belleza

Durante más de una década, la Matabellas prometió cuerpos esculturales a cientos de personas y muchas de ellas cayeron. Pero no solo mujeres o personas de la comunidad trans, también algunos hombres murieron o fueron mutilados por las secuelas que les dejaron sus tratamientos.

“Esa señora tuvo problemas porque a muchas mujeres y hombres los mutilaron, a ellos les cortaron el pene, porque iban a que les alargaran y que les engrosaran, pero pues se pudría y lo mutilaban. Y salió que este aceite era mineral.

“Ese aceite mineral era para limpiar los motores de los carros. Cuando yo me enteré de todo eso, ya no se podía hacer nada. En el 2000, empecé con mucha temperatura, mucho escalofrío, se me fue el hambre, aunque me daba mucha sed, pero se me fue el hambre”, explica Verónica.

Sin embargo, los resultados inmediatos eran demasiado llamativos. Cuerpos bien torneados, a un costo relativamente bajo, parecía un buen trato y valía la pena los riesgos.

“Eso sí me dejó un cuerpo muy bonito. Como al año ya empecé a sufrir con temperatura, me sentía muy cansada, caminaba y me sofocaba, se me bajaban los aceites y se me hinchaban mucho mis pies”, recuerda.

Décadas de convalecencia

El cuerpo de Verónica no soportó. Catorce años después, los aceites comenzaron a comerse la piel, la carne; el dolor se intensificaba y estuvo varias veces al borde de la muerte.

“Era una cosa insoportable, insoportable. Acudí al doctor y en ese tiempo me dijeron que no podían hacer nada. En el 2000 empecé a estar muy mala, pero antes la piel se me había puesto ya negra, ya había cambiado de color.

“Si me golpeaba tantito me daban ardores, me dolía mucho, mucho, mucha temperatura, mucho cansancio, esos aceites hacen mal también para respirar y me dijeron los doctores que este aceite se me podía subir al pulmón, muchas compañeras han muerto porque se le suben a los pulmones”, rememora.

Los dolores intensos y la imposibilidad de caminar llevaron a Verónica a pensar en lo inevitable: quizá moriría sola, en su casa y sin la asistencia de alguna persona que la cuidara.

“Me estaba muriendo en mi casa, una mañana desperté y desperté con mis piernas y mis pompas abiertas, supurando. Yo me estaba muriendo. Era un dolor tremendo, eso empezó a supurar, a oler horriblemente. Me apestaba, me veía y la carne era negra, verde, blanca, horrible”, destaca.

A sus 65 años de edad, Verónica sigue padeciendo las secuelas de los productos. Foto: Cortesía

Una amiga de Verónica fue el ángel que en ese momento la apoyó. La llevó a un hospital capitalino e hizo lo imposible para que la recibieran y la atendieran, pues su malestar era ya grave.

“En ese momento, cuando estaba en mi soledad porque nada más entraban a ese cuarto cuando me daban de comer y cuando me iban a suministrar algún medicamento. Y pues la amiga se aburrió y me quedé sola.

“Ahí estuve, me trataron mal porque me hicieron mucho daño psicológicamente, pero le doy gracias a Dios y bendigo a los doctores que me salvaron la vida. Estuve año y medio internada en el Hospital Rubén Leñero”, dice.

Pocas recuperaciones son tan dolorosas como la de este padecimiento. Los lavados quirúrgicos, que se pueden extender por horas, las dejan agotadas, adoloridas, pero con esperanza.

“Me hicieron 17 lavados quirúrgicos porque no podían hacerme todo en uno solo. Me quitaban poco a poco toda la piel muerta, se tardaban hasta cinco horas en el quirófano.

“Vino la pandemia e iba yo a los hospitales y no me atendían, lo único que me daban era paracetamol. Ya estaba yo muy mal, encerrada, asustándome. Y no tenía apoyo de nada. Fue horrible, fue una situación muy mala”, relata.

Recuperándose con todos

La situación económica de Verónica también comenzó a ser angustiante. Sin ingresos o ayudas, comer o beber se convertía en la primera prioridad, incluso antes que los medicamentos que necesita para que su cuerpo siga dando la batalla.

“Un día me habla una amiga por teléfono y me dice: ‘van a dar de comer y una despensa en el Monumento a la Revolución. Lleva toper, porque no van a comer ahí, te van a dar para llevar’.

“No podía caminar, me fui con un palo de escoba ayudándome. Así estuve toda la pandemia casi. Y pues gracias a Dios empecé a mejorar porque me quitaron la carne muerta, me pusieron unos parches que te ayudan mucho, que yo no podía comprar”, añade.

La ayuda de fundaciones como Brigada Callejera y Tejiendo Pueblos, que apoya a mujeres trans de la tercera edad en condición de vulnerabilidad, fue clave para que saliera adelante. Sin embargo, la tristeza sigue allí.

“Yo me deprimía mucho y el doctor me decía: ‘no permitas caer en la depresión. Mantente ocupada’. Pero de todas maneras, se deprime uno mucho y cuando vas viendo en el espejo que tu cuerpo se ve horrible. Gracias a Dios ya superé eso, tuve apoyo psicológico, me ayudaron a entender el daño que le hice a mi cuerpo.

“Estoy agarrada de la mano de Dios y lo primero que hago cuando me levanto es darle las gracias a Dios y le pido mucho que me ayude. Que me dé sabiduría, entendimiento y paciencia para llevar todo esto y que me ponga ángeles en mi camino para ayudarme, porque no puedo trabajar”, explica López, quien cuenta con 65 años de edad.

Una responsabilidad para el futuro

Verónica ve el futuro como un don que Dios otorga, pero no culpa a nadie por la larga convalecencia que la ha llevado a estar más de 20 años en quirófanos y hospitales.

“Esto no es una enfermedad, es un padecimiento que tú te buscaste. Y realmente sí, es un padecimiento que me busqué, porque una enfermedad no es. Ahí me empezaron a ayudar, atender y luego llegaron muchas chicas, también muy enfermas.

“Este padecimiento es por ignorancia, por falta de comunicación, de saber qué es lo que realmente se están metiendo y como me dijo el doctor, cualquier cosa que te metan es algo ajeno a tu cuerpo y tiene tiempo de caducidad”, explica.

Finalmente, tiene un consejo para aquellas personas que tengan aún la intención de cambiar su cuerpo de manera artificial.

“Investiguen qué es lo que les van a poner, qué es y qué reacciones van a tener después que les infiltran eso. Lo único que yo pido es que investiguen cuando se vayan a hacer un procedimiento de infiltrar su cuerpo con alguna sustancia.

“Porque de verdad ahorita hay muchos vividores que ponen clínicas, donde ponen esos aceites y no saben qué les están poniendo y la verdad va su vida de por medio. En nuestra comunidad han muerto muchas compañeras”, concluye.